Noviembre, 2003
Cuento infantil.
Mi amor, así tal cual, amor mío. Te me metiste al cuerpo al alba en la calle de Alba y te fuiste a medio día en Carracci, irónico, es el nombre de un pintor que no me gusta.
Y te cuento como si fuera un cuento para dormir, de esos que jamás leo porque aquí entre tú y yo, no soy una mamá ejemplar como dirían otras, las que sí lo son.
Sentí que te me escapabas desde el primer día, ¿qué le va hacer uno cuándo alguien no se quiere quedar? Nada, te lo digo yo, no se puede obligar ni mandar en cabeza ajena. Pero de verdad ya era muy feliz, convencida de continuar mi vida como era y hasta me enamoré de tu foto en blanco y negro, de tu figurita, tus manitas, la locomotora que oí en tu corazón. Y te imaginaba…
Es de noche y vacía está la casa que dejaré en dos semanas, por qué a un Lirio me voy, y te sigo contando para que te enteres como soy y que hago, o para que te des una brevísima idea: bajita, tenía el pelo muy largo y rizado, ya ves, una locura se me ocurrió y me lo corté hace tiempo, ahora es rojo, mañana no sé, pero en realidad es blanco. Tengo los pies grandes y las manos delgadas, “de pianista” dice mi padre, una nariz rarísima y la boca gordita, quienes me conocen muchas veces mencionan mis grandes ojos, pero yo no me la creo. Desde antes de acabar la Universidad y por necia, trabajo en un museo que es muy chiquito y está lleno de tesoros, tiene miles de pinturas y esculturas y grabados, y son del otro continente, tiene el nombre de un santo y está en uno de los lugares más peligrosos y tristes de tu ciudad. Pero ahora me quieren llevar a otro, más grande, y me cuentan que es más lindo. Viajo mucho, viajo muchísimo, tengo que parar un día, voy y vengo: de Londres a Argentina, de Monclova a Cleveland, de Madrid a Cuernavaca y así. Me río mucho, a lo estúpido y de todo, cuando estoy contenta, cuando estoy nerviosa, cuando quiero llorar, mejor me río, y a carcajadas hasta que duela la tripa. Si que soy enojona, y detestable y sapos y culebras me saltan de de la boca cuando en esas ando, suerte hubiera sido para ti ya que eso no suele ser muy a menudo. Tengo cosquillas por todo el cuerpo, como mal, y odio hacer ejercicio. Amo y me hace feliz leer y escribir, tomar fotos, oler la humedad, escuchar una y otra vez a Beethoven y Debussy y claro a “The Cure” y U2, estar en casa, bañarme, mirar a la gente, chismear, odio hablar por teléfono más de cinco minutos, me rebasa eso de ir al “super “y me vuelven loca los chocolates y la leche. Soy dormilona, soy friolenta y no puedo dejar de querer nunca.
¿Para qué coños te escribo estas cosas? Tú conoces partes de mí que yo, ni idea, sabes cómo soy por adentro, dicen que no somos rositas o rojos, que eso es por la sangre, dicen que somos amarillos como carne de pollos crudos, ¿es cierto? , no me vas a poder responder por que te fuiste, te me deshiciste como carne molida, como manchones de un linaje inexistente y sangre, a ramalazos, golpe sobre golpe en un mismo sitio, como soledad. ¡Ni un “adiós”!, uno se despide siempre, no te puedes levantar y largarte de la mesa así nomás, ¿no sabes que es de pésima educación?
Y si que me cabrea este asunto, porque la gente en los pueblos, las viejas, las mujeres sabias de la Hacienda, ellas hablan de que los niños escogen a sus mamás allá -donde dicen que está el cielo y el llamado dios-. Si es así, pues creo que no te gusté lo suficiente como para qué hicieras un esfuercito de tu parte y te agarraras bien fuerte a mi cuerpo, te desbarataste, y de paso a mí. Me rompiste el útero, la vagina, los pechos, el corazón y la cabeza. No, no llores, no te odio, sólo es que estoy muy enojada, pero ya se me pasa cariño.
Dios no les da alas a los alacranes, y hay otro dicho que reza que; a las mamás solo les dan dos manos, una para cada chamaco que llegue a su vida. (No sé cómo le hizo tu bisabuela con nueve, pero ya ni está para preguntarle), pero yo creo que a mí ese señor que pintan barbón me vio con ojos de; “mira ni le hagas que ni novecientas te van a alcanzar porque eres un desmadre en esto de la maternidad.”
Y sigo haciéndote este cuento infantil tantito más; no supe si eras un niño o una niña, pero que nombre tan bonito hubieras tenido: Rodrigo, Enrique, María, Ana. No miré como eras, ni de qué color tenías los ojos, las probabilidades eran muy altas de que fueran azules o verdes, o sea hubieras “bisabueleado”. Tu hermano te habría caído rete bien, y seguro te cuidaría y abrazaría y pelearía contigo, es que no sabes, pero así se le hace en las familias aunque estén rotas.
El chiste de todo esto es que solo te quería preguntar: ¿por qué no te quisiste quedar? No te voy a escribir palabras que te cuenten de lo hermoso que es este mundo y la vida, porque estás muerto, y a los muertos no se les platican cosas que les den envidia. Además, no me puedes responder, y así como en mil cosas, me voy a quedar con la absurda duda todos los años que me resten. Y hoy amor mío, ya muero de sueño, pero no te quiero decir adiós, o no puedo, ya será en otra noche fría o más templada que me siente a pensarte y amarte como hoy.
Tu mamá.
----- (Anónimo).