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Friday, June 24, 2011

La virtud de la maldad

Hoy me levanté y le di una patada a mi hermoso y adorable perrito. Una patada fuerte y bien colocada, digna de Messi. Y para mi sorpresa, verlo volar por los aires y lanzar un aullido desgarrador me regaló un extraño y desconocido placer. Me hizo probar, por primera vez, las mieles de la maldad.

Estaba desconcertada. Cada mañana antes de éste día, secretamente había deseado tener la capacidad de patear a esta peluda criatura al ver que, sin importar las horas invertidas en su entrenamiento formal, se había orinado sin misericordia en el sofá. Pero siempre me contenía. Siempre flaqueaba al ver sus ojitos encantadores y su colita moviéndose alegremente para saludarme. Hoy, ni siquiera esperé al acostumbrado ritual en el que yo fingía que iba a caer sobre él un castigo apocalíptico y él fingía que estaba arrepentido de su desobediencia canina. Hoy….¡PATAPLUM! Patada certera, cruel y vengadora. Pero lo más sorprendente es que fue una patada libre de remordimiento y culpa.

No me podía reconocer.

Hagamos un poco de historia. Desde niña me di cuenta de que yo no era del todo normal. Algo faltaba. No sabía qué, exactamente, pero era distinta a mis hermanos, a mis compañeritos del colegio, a mis primos, al resto de la humanidad. Me tomó un tiempo entender el por qué de mi peculiaridad, pero con los años lo supe. Nací sin el cromosoma de la maldad.

Ríanse si quieren, pero para el que carece de este indispensable gen, la vida puede ser un auténtico martirio.

Una de las primeras habilidades que se pierden es la de decir que no. No. Esa palabra tan pequeñita, pero tan poderosa. Cuando te falta el cromosoma de la maldad, uno de los síntomas que se manifiestan de inmediato es el sí irracional. Sí a todo. Sí a las cosas que te provocan desde aburrimiento hasta horror declarado. Sí a los compromisos que no quieres aceptar. Sí a los favores que no quieres hacer. Sí al dinero que no puedes prestar. Sí a salir con ese galán que no te gusta pero al que te da pena romperle el corazón.

Carecer de maldad te hace apreciarla de un modo distinto. Lejos de considerarla un defecto, empiezas a verla como una virtud, como un medio para marcar tu territorio en el mundo, para defenderte de la “virtud” de otros, es decir, de su amenazadora y envidiable maldad.

Por eso fue que la empecé a desear, a pedir, a invocar. Yo quería ser mala. Malísima, de ser posible. Y no sé si fue un ángel o un demonio el que al parecer me concedió este ruin anhelo de la noche a la mañana.

Emocionada y todavía algo incrédula, decidí salir a estrenar mi nueva condición de villana. En el pasillo, le hice notar a mi vecina que la veía muy “repuestita” después de sus vacaciones y que si no se cuidaba, la del 8 le podía arrebatar a su ya de por si distraído cónyuge. Qué gustito que me dio.

Ya en la calle, la viejecita de siempre me pidió que la ayudara a cruzar la calle. “NO”, le dije con fría indiferencia. “NO, porque cada vez que la ayudo a cruzar a paso caracol llego media hora tarde a mi oficina. NO, porque en vez de ayudarla a llegar a la otra orilla me provoca aventarla frente al metrobús y acabar por fin con su solitaria e inútil existencia. Y NO, porque no se me da la gana, así, sin más” .

Dios mío….no lo pensé. Lo dije. Lo dije en voz alta. Qué placer.

En la oficina, me atreví por fin a informarle a mi asistente que era un asno sin redención y que lo iba a transferir …..a su casa.

Al día siguiente, le arrebaté su paleta a una niñita, le grité al mesero, insulté al policía y subí unos videos de mi ex novio bailando en paños menores a youtube.

Para el fin de semana ya había esparcido rumores sobre la del 8 con la del 6 y sobre la del 6 con la del 8. Había rayado el coche de mi jefe en justa retribución por las largas horas extra que me había forzado a trabajar. Había cambiado la correspondencia de los diferentes buzones. Había sembrado la discordia en la junta de condóminos. Había roto la auto-estima de varias amigas. Había dicho no a favores, solicitudes de préstamos, donativos y cualquier acto no egoísta.

Era tanto mi gozo que no reparé en que había caído en el error de muchas neo-villanas:

La maldad debe dosificarse. En primer lugar, para engañar al prójimo, confundirlo y ya habiendo ganado su confianza, apuñalarlo por la espalda como hace todo ser perverso que se respete. Y en segundo, porque en este mundo tan lleno de violencia, acumular tantos enemigos al mismo tiempo puede resultar muy malo para la salud.

No alcancé a ver quién fue el que me aventó la maceta desde el décimo piso de mi edificio. Pudo ser cualquiera. La del 6. La del 8. Mis días de maldad duraron poco. En las telenovelas, las villanas suelen ser más resistentes.

Mi funeral fue un evento muy desangelado. No fue ni el sacerdote. ¿Qué es esto que siento? FURIA. Bola de desalmados. Me la van a pagar. No contaban con que todavía puedo ejercer como un horrible, aterrador e inoportuno espíritu chocarrero.

¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!


--- por Martha Soler @cholechita @estrogeno3