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Thursday, May 19, 2011

¡Ay San!

¡Ay San! Nada es coincidencia, todo pasa por algo… Así comenzó esta historia…

Desde que somos pequeños nos hacen creer con nuestra alma gemela, ese príncipe encantador que nos hará feliz hasta la muerte, o esa princesa de sonrisa perfecta que se convertiría en la esposa y madre perfecta, pero… ¿y si tu alma gemela viene en presentación diferente?

Hace aproximadamente 9 meses conocí a San vía Twitter. Una amiga me la presento por medio de esa red social para ayudarla con un problema que ella tenía con una de sus hijas y yo sin dudarlo decidí apoyarla en lo que me fuera posible. Recuerdo que la primera vez que hablamos por teléfono para hablar más ampliamente del problema yo le dije: ¡Ay San! Nada es coincidencia, todo pasa por algo… haciendo referencia a una detalle que teníamos en común, y fue una frase que a ella se le quedo muy dentro, siempre me la repite…Y así paso el tiempo, se le dio solución al asunto de su hija, pero el contacto jamás se perdió. Mails, llamadas por celular, tweets, video llamadas y todo tipo de contacto tecnológico, hasta que en septiembre nos conocimos.

Recuerdo perfecto el día que llegue a su casa acompañada de un amigo, desde que la vi vi en ella una sonrisa, y una luz increíble, de esas que difícilmente olvidas. Después de un fin de semana increíble, nuestra amistad siguió creciendo, día tras día nos hablábamos, nos escribíamos, en fin, dábamos forma a una amistad sin igual. No sé en qué momento nos hicimos tan unidas, en qué momento empezamos a necesitar la una de la otra, creo que era tanta la necesidad de cariño por parte de las dos que no podía pasar un día sin saber una de la otra.

Así empezaron a pasar los días, cada vez un amor más intenso, un cariño más tierno y poca a poco las manifestaciones de “las almas gemelas” comenzaron… Pensábamos lo mismo, opinábamos lo mismo (al mismo tiempo), llamadas por teléfono al mismo tiempo, mensajes, música, en fin muchísimas coincidencias, una conexión inenarrable, pero sobre todo un amor que crecía sin explicación alguna. Primero creíamos que era casualidad, después pensamos que ya era mucho para ser casualidad y, empezamos a buscar una respuesta, y esto fue lo que leímos que más nos cayó “Al verse, sienten una infinita necesidad de abrazarse e complementan en todos los sentidos... ¡casi piensan lo mismo!” Creo que después de esto no quedo duda y así nos dimos cuenta que coincidía perfecto con lo que nos pasaba, con lo que a veces nos daba miedo…

San ya no tiene miedo, ella ha aceptado el hecho de que hay almas gemelas, lazos de amistad ¿yo? Yo creo que falta poco para que lo termine de aceptar…

--- por “Patas Triponas” Joanna Aguilar @JoannaAgui

Tuesday, May 17, 2011

Ganitas

He de confesarte que no es nada fácil, las ganitas le entran a una cuando menos lo espera, ojalá fuera siempre en casa, pero no es así. Por lo menos a mi, no sé por qué demonios esas ganas me agarran en el coche escuchando a Zabludovsky, en la cola del banco mientras hago las cuentas de todo lo que hay que pagar, en el súper cuando estoy eligiendo cual jamón es el mejor para mi hijo, en la yoga, cuando supuestamente tengo que tener la mente en blanco: es entonces cuando me alcanzan las ganitas.

Y ahí si ni como hacerle, ni pa´ donde hacerse. Hay que aguantarse. Lo que he aprendido es que si pienso en otra cosa, no sirve de nada, pienso y pienso: en que estoy buscando trabajo, en que por quién voy a votar, hasta como dicen por ahí… practico las tablas de multiplicar, pero ni así se me van. Es como si entre mis piernas viviera un ser muy chiquito cuya misión es tocarme el clítoris, así tal cual, como si fuera de su propiedad, su juguete, haciéndole lo que quiera, y no solo mi clítoris, mi vagina entera, a veces creo que sube y se mueve por toda ella, lo que hace que entonces me den más ganitas.

¿Un secreto que tenemos la mujeres? Y espero no estar traicionando a mi adorado género, los jeans: de verdad son una gran ventaja en estos casos, al parecer entre más ajustados, mas se tranquiliza el bichín. Caminando con unos jeans apretaditos y unos tacones altos, se aligeran las ganitas, o por lo menos se empieza a sentir algo de alivio.

No sé por qué pero desde chiquita me han perseguido, siempre sentía esas cosquillas en mi “partecita”, como la llamaba mi mamá. Un día mis manos de ocho años bajaron y bajaron hasta ese lugar que solo servía para hacer pipí y sucedió, ¡uy que si sucedió…! descubrí que algo, en ese mismísimo y escondido lugar, era el centro del mundo, el big bang, ¡vamos! mejor que cualquier viaje a Acapulco o a Disney, mejor que recibir una muñeca de regalo, incluso mejor que la Navidad, era como para estarse horas y horas tocando, descubriendo, disfrutando. Cuando me llamaron a comer, era ya muy tarde, nunca se me olvidó que entre mis piernas tenía el poder de hacerme sentir bien, poderosa, contenta y a la hora que yo quisiera y como lo quisiera.” ¡No hay postre niña! Que me importa”, pensaba muy descaradita y con una sonrisa en el rostro, al fin y al cabo tengo conmigo algo mejor que el chocolate y esto si que nadie me lo puede quitar. Conforme crecí, fui aprendiendo mañas, manías, la manera de caminar para provocarme ese placer secreto, el usar tanguitas para sentir más y muchas otras que no puedo seguir contando.

En fin, que ahora mientras manejo por el segundo piso del periférico voy planeando ¿Cómo voy a hacer por la noche, cuando se haya dormido el niño? y por fin esté sola, ¿qué fantasía tendré? ¿Quién será el receptor de mis deseos? ¿Me miraré al espejo y me veré más bella? Por que después del orgasmo, después de masturbarse, de tocar, gozar, mojar, moverse, y llegar al orgasmo, le queda a una un destello de niñez en la mirada.

Y total no sé que es más placentero en el orgasmo solitario, visto como prohibido, el toqueteo lento, al ritmo que una triste sonata, o rápido desenfrenado, o ambos… por que ¿sabes? comienzas, te excitas, te humedeces, te haces un café, miras la tele, pero las ganitas siguen, hasta que llega el momento en el que las manos ya no son tuyas, ya no tienen control, la mente no puede parar, y el bichito ese que te contaba no deja de moverse hacia arriba, hacia abajo, golpeteando, jugando, es entonces cuando viajo sin límites por cuerpos, por pieles, por paisajes, y cuando la película “El Imperio de los sentidos” tiene su razón de ser, te quedas solita, muerta, pero que soledad y que muerte… ¡qué ganitas!

--- por Magui Arnal @Magui12